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A MORTE DE FIDEL CASTRO E O DELIRIO AMERICANO


Este livro, pela sua erudição, pela verve, pela natureza polemista do autor, tem, para nós brasileiros, um sabor especial.



Imagem de amazon



Quando Fidel Castro morreu, em 25 de novembro de 2016, encontrou Carlos Granés, o escritor, em uma feira literária em Guadalajara, onde estavam reunidos intelectuais e escritores de toda a América Latina. Ele narra o acontecimento no último capítulo de seu livro Delirio Americano: Una Historia Cultural y Politica de America Latina. Este livro, um dos maiores acontecimentos intelectuais da América Latina (publicado em 2022), pela sua erudição, pela verve, pela natureza polemista do autor, tem, para nós brasileiros, um sabor especial. Granés não nos considera uma ilha portuguesa em um mar de hermanos. Muito pelo contrário. É, na minha opinião, de leitura obrigatória nestes tempos em que o país, aliviado por ter se livrado de uma espécie de abominação, vê com ligeireza a fermentação de velhas mazelas (que, com certeza, gerarão uma nova, quiçá a mesma, abominação). Pensei em escrever sobre o livro, mas achei mais útil para os leitores um primeiro contato com o próprio. Para isso, selecionei trechos do último capítulo. Disponível na Amazon Books, em formato Kindle, por doze dólares. Vale cada página. (Hatsuo Fukuda)


“Esta historia empezó en Cuba, com la muerte de Martí, y después de um largo recorrido vuelve al mismo punto, a la isla caribeña, para terminar com otro falecimimento, el de Fidel Castro. Su muerte, ocurrida el 25 de noviembre de 2016, me sorprendió en el escenario donde ahora transcurren las vidas de los escritores. No los campos de batalla, ni los cafés ni las células de conspiradores, sino las ferias del libro. Una en concreto, la más importante, la de Guadalajara. Era el mejor sitio del mundo para mediar la reacción que una noticia como esta podía tener, porque allí se congregaban los más prestigiosos escritores e intelectuales latinoamericanos. Ese año, además, el país invitado a la feria era el continente entero, el sueño o la utopía o el cliché que Castro tanto había contribuido a inventar, América Latina, y justo en esos días él se moría.

Imagem de www.marxistas.com


Había caído el hombre. Pero era una caída que estaba lejos de suscitar el interés y la conmoción que generó Nicolás Guillén allá por 1955, en el París de García Márquez, cuando salió de su pensión de latinoamericanos pobres a gritar lo mismo: “Se cayó el hombre!”. Aquella vez paraguayos, nicaragüenses, dominicanos y colombianos se ilusionaron con la posibilidad de que sus dictadores hubieran caído y de que su derrocamiento significara algo. En esta ocasión, en cambio, la espuma y la exaltación fueron decayendo poco a poco. Los escritores comentaban los acontecimientos mientras acababan sus desayunos, pero poco a poco cambiaron de tema y siguieron con sus planes. Nadie, al enterarse de la noticia en la mañana del 26, dejó sus huevos rancheros enfriándose en el plato para subir a su habitación a escribir sobre las implicaciones geopolicas del deceso. Insisto, moría el líder latinoamericano más icónico de la segunda mitad del siglo XX y nadie interrumpía su agenda ni cambiaba de planes. No pasaba nada. Eso era los lo más extraño de todo: moría Castro y no pasaba absolutamente nada.

(…)

Qué largo había sido el siglo XX latinoamericano. Había empezado en 1898 con la arremetida imperial de Estados Unidos sobre el Caribe, y 124 años después, con Castro muerto, ahí seguíamos: pendientes del imperio, buscando amenazas y enemigos debajo de cada piedra, enseñando heridas, lanzando lamentos y quejas. Y esto a pesar de que el castrismo ya había muerto hacía mucho, cómo reconoció el mismo Castro en esa entrevista de 2010 en la que aceptó que el modelo cubano ya no servía ni en Cuba. Ni el castrismo ni el guevarismo habían ganado la batalla de las ideas en América Latina. Mucho menos el aprismo peruano o el priismo, esa construcción política de la Revolución Mexicana. Ninguna de esas corrientes sobrevivió. El guevarismo sacrificó a una generación entera de jóvenes, el castrismo legitimó la tiranía de izquierda, el aprismo nunca supo comportarse de forma democrática y el priismo llegó a su fin en 2000, cuando salió del poder después de siete décadas. El peronismo y indigenismo, en cambio, los proyectos político y cultural que pusieron el énfasis en la víctima, el personaje vernáculo y el marginado - personajes a los que simultáneamente representaban, reivindicaban e instrumentalizaban para llegar al poder y a los museos -, resurgieron en las últimas 3 décadas y están más vivos que nunca.

Esos discursos fueron rentables para los políticos locales y para los utopistas foráneos que se encandilaron con la visión de un continente lleno de víctimas edénicas expuestas a nefastos poderes occidentales. Esa ficción les servía como fermento para sus propias revoluciones. El nuestro era el continente que siempre iba a la contra, rebelándose contra Occidente, la modernidad, el capitalismo, contra lo que fuera. Así hemos sido instrumentalizados, y esta imagen, aplaudido en el extranjero es la que más ha beneficiado a los tiranos locales.

Lo latinoamericano, incluso lo auténticamente latinoamericano, sería sacudirse de ese estereotipo, olvidarnos de la imposible pureza premoderna, huir del lugar del “otro” que nos han asignado y tratar de entender que América Latina no es la tierra del prodigio, ni de la utopía, ni de la revolución, ni del realismo mágico, ni de la descolonización, ni de la resistencia, ni del narco, ni de la violencia eterna, ni de subdesarrollo, ni de la esperanza, ni siquiera del delirio. Tan solo es un lugar donde gente muy diversa tiene que convivir y prosperar. Un lugar exuberante por su geografía, complejo por su historia y barroco por las improbables mezclas a las que ha dado lugar. Solamente eso. Cualquier otra cosa que se diga tal vez no deje de ser solo una proyección o una fantasía. Incluso una maldición.


No hay más remedio que vivir con lo real, y lo que hay es imperfección, complejidad, diferencia, antagonismo, increíble diversidad; tampoco hay otra opción que convivir con lo que nos ofende, nos asusta y nos incomoda.

(…)

De manera que ni arielismo, ni indigenismo, ni nuestroamericanismo, ni peronismo, ni priismo, ni castrismo ni guevarismo, porque ninguna de estas mitologías, a pesar de sus buenas intenciones y de sus sueños salvadores, cohesionó las sociedades ni las hizo prosperar. Quizá la antropofagia sea una mejor guía: un liberalismo no redentor, cosmopolita e impuro, que fomente liderazgos plurales. Como cualquier otro lugar, Latinomérica amasa una historia compleja y bárbara de vergüenza y luces. Pero nada nos ata a ese pasado. El futuro está ahí, como para cualquier otra comunidad humana.


Es hora de poner un pie en el siglo 21.”



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